miércoles, 23 de mayo de 2012

Y Todo acaba en blanco.


Y Todo acaba en blanco.

Una botella verde a medio llenar con licor, un plato con restos de limón y unos granos de sal que se ven remojados por el jugo del cítrico; en la mesa cuadrada de madera, recargado sobre su brazo, Luis, tiene la cabeza escondida en el hueco que se forma entre su pecho y la base café.
Siente la cara húmeda, él no ha parado de llorar toda la noche, él ahogo las penas en alcohol: “como lo hacen lo machos” recuerda las palabras de su padre, aquella tarde en que su madre los abandonó. Sí, a Luis también lo dejaron, justo al pie del altar. Ella sólo atino a decir un cínico: “Perdón, no puedo hacer esto”.
Alto, delgado, ojos del color de una avellana, su tez podría ser confundida con el dorado del oro. “Güero”, solía llamarle ella, así le gritaba mientras corrían por el parque, así le decía cuando únicamente quería jugar. Güero, güero, se repite una y otra vez imaginándola a su lado, mientras que dentro de sus dos avellanas no para de llover.
De pronto, se pone de pie, con su mano izquierda limpia la parte entre la nariz y el labio y con la otra sostiene la botella de licor. Da un largo respiro. Grita. Lloriquea. Camina por un pasillo blanco, estrecho y llega a la habitación. En la mesa de noche, hay unas fotos de ellos, sonrientes, abrazados. ¡Cuánto nos amábamos! Piensa Luis. 
Basta ya, es momento de terminar con esto. Abre la puerta del armario. Duda. Detrás de todos los trajes, hay un apartado casi invisible. Lo abre, su mano tiembla al coger el arma. El portarretrato toma el lugar de la botella. Mira la foto por última vez, con sus dedos roza la sonrisa de la mujer que ahora ocasiona que una pistola este sobre su sien. Por ultima vez dice te amo. Jala el gatillo.

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