miércoles, 24 de octubre de 2012

El café, la danza y él



Desde pequeño se le vía cruzar el estacionamiento empedrado con una guitarra colgando del brazo. Se dirigía a ensayar a los jóvenes que el domingo cantarían en las misas; era común que en algún día de la semana se le escuchara cantar aquellas letras religiosas.
¡Señor ten piedad! Con la “o” y la “a” prolongadas en un sonido muy agudo. La gente lo comenzaba a ubicar como el niño-señor,  aquella voz se podía escuchar a tres cuadras a la redonda del templo al que él asistía.


Siempre supo que lo suyo era el arte, la música... El baile.
Comenzó a ensayar a jovencitas que cumplirían la añorada edad de los 15, eso para ayudarse un poco y al mismo tiempo hacer lo que le gusta. Ha viajado por todo el país presentando su bonita danza folklórica.
Mario, un chico de tronco delgado y pancita graciosa, con una sonrisa enorme, tal como su pasión por el baile. Hoy se presentará en nuevo proyecto, hoy bailará canciones de Café Tacvba (Café Tacuba). ¿Cómo demonios puede hacer danza folklórica con canciones de esta legendaria banda? Pues él y todo su grupo de excelente bailarines pueden.
La cita es hoy en punto de las 19:00 horas en la escuela de Artes Plásticas del CUAAD  de la Universidad de Guadalajara, ahí se presentará el proyecto “El café y yo”.

De mí para ti
Me lo perderé, y no sabes cómo lo lamento. Desearía estar ahí, pero sé que no te hará falta mi presencia, sabes lo que haces y lo haces muy bien. Disfruto mucho la pasión con la que te entregas a las cosas que amas y esto no será más que un logro más en tu exitosa carrera. Te quiero mucho Mario y agradezco que me hayas tomado en cuenta para la presentación de tan importante proyecto en tu vida. Te deseo todo el éxito del mundo y ¡Rómpete una pierna!

Foto tomada de su página de Facebook

Foto tomada de su página de Facebook

Foto tomada de su página de Facebook

miércoles, 23 de mayo de 2012

Y Todo acaba en blanco.


Y Todo acaba en blanco.

Una botella verde a medio llenar con licor, un plato con restos de limón y unos granos de sal que se ven remojados por el jugo del cítrico; en la mesa cuadrada de madera, recargado sobre su brazo, Luis, tiene la cabeza escondida en el hueco que se forma entre su pecho y la base café.
Siente la cara húmeda, él no ha parado de llorar toda la noche, él ahogo las penas en alcohol: “como lo hacen lo machos” recuerda las palabras de su padre, aquella tarde en que su madre los abandonó. Sí, a Luis también lo dejaron, justo al pie del altar. Ella sólo atino a decir un cínico: “Perdón, no puedo hacer esto”.
Alto, delgado, ojos del color de una avellana, su tez podría ser confundida con el dorado del oro. “Güero”, solía llamarle ella, así le gritaba mientras corrían por el parque, así le decía cuando únicamente quería jugar. Güero, güero, se repite una y otra vez imaginándola a su lado, mientras que dentro de sus dos avellanas no para de llover.
De pronto, se pone de pie, con su mano izquierda limpia la parte entre la nariz y el labio y con la otra sostiene la botella de licor. Da un largo respiro. Grita. Lloriquea. Camina por un pasillo blanco, estrecho y llega a la habitación. En la mesa de noche, hay unas fotos de ellos, sonrientes, abrazados. ¡Cuánto nos amábamos! Piensa Luis. 
Basta ya, es momento de terminar con esto. Abre la puerta del armario. Duda. Detrás de todos los trajes, hay un apartado casi invisible. Lo abre, su mano tiembla al coger el arma. El portarretrato toma el lugar de la botella. Mira la foto por última vez, con sus dedos roza la sonrisa de la mujer que ahora ocasiona que una pistola este sobre su sien. Por ultima vez dice te amo. Jala el gatillo.

domingo, 1 de abril de 2012

La solución... Flexionar


Cuando las llaves caen, resbalan; se deslizan por cada uno de tus dedos: altaneras, burlescas, ávidas de absorber la energía de tu enojo...
¡Tranquilo! No desesperes, que así cargues una valija con peso desmedido, un sólo flexionar de rodillas, será la solución